La toxicidad del desamor

Arrancamos esta nueva sesión con un ejercicio de construcción de identidades femeninas, que plásticamente supone la creación de perfiles de diferentes mujeres a base de Goma Eva. Ello nos sumerge en nuestra cotidiana: “Rueda del sentir” en la que se vuelcan los mas recientes y significativos acontecimientos de las chicas.

En respuesta a la demanda del grupo, hoy nos hemos centrado en la toxicidad del desamor, en lo que provoca este sentimiento en primera persona y lo que genera a nuestro alrededor. En cómo nos afecta y hasta nos transforma, y qué hacer para manejar el desamor

El momento que vivimos sigue impulsando los mensajes en torno al amor romántico (Amor Disney), frente a una realidad cambiante que choca frontalmente con los estereotipos conocidos, lo que genera -si cabe-, más desasosiego que en épocas pasadas, y requiere de herramientas para abordarlo desde una perspectiva madura y sosegada.

Para ello nos hemos servido de un juego de palabras y frases elegidas por las participantes, y un posterior role playing donde han cobrado vida las personas que acompañan todos esos episodios de desamor que se convierten en experiencias centrales de la adolescencia.

Machismo, creencias, equívoca interpretación y deficiente gestión de los celos… hacen que desde edades tempranas se empiecen a incorporar hábitos dañinos. Las chicas han hablado del error de “romantizar las enfermedades“, y han demandado: más información en cuanto al modo de vivir su sexualidad, ayuda para desmontar mitos, la necesidad de adultos sensibilizados que les hagan sentirse escuchadas y apoyadas para abordar estos temas en contextos de seguridad y confort.

Construcción de identidades femeninas, creación de perfiles. Goma Eva y aplicaciones.

Cuando somos envidiad@s

Hoy nos planteamos la otra cara de la envidia, la experiencia desde el otro lado, cuando nosotros somos el sujeto envidiado, cómo nos sentimos y qué podemos hacer para superarlo.

Nos hemos apoyado en el referente mitológico de Proscruto, vencido por Teseo en su largo viaje.

El síndrome de Proscruto

Proscruto, también llamado Damastes (avasallador o controlador), es el mito que da nombre al Síndrome de Proscruto, aquel que sufre el que “corta la cabeza o los pies de quien sobresale”. Traducido a lo cotidiano se refiere a las personas que atacan, medran, y/o castigan a quien destaca.

¿Alguna vez has sentido que por el hecho de destacar en algo te han ignorado?

¿te han hecho la vida imposible para que te alinies sí o sí con el resto?

¿has sentido el rechazo frontal por ser diferente?

Las maneras de manifestarse son múltiples, desde el modo más velado al más evidente. Ejerciéndose también de modo consciente o inconsciente.

Cuando el Proscruto de turno es consciente, teme conocer a las personas exitosas o “mejores” que él, y si se da el caso se incomoda y desconfía. Centra sus energías en limitar las ideas y capacidades del otro. Y puede llegar a cambiar su planteamiento original si eso deslegitima al otro, buscando la cooperación del resto para desbancar al que destaca.

Cuando es inconsciente, se molesta cuando otra persona tiene razón y él no. Está convencido de que es empático, pero no lo es. Y cuando habla “de cooperación” es con la intención de ser escuchado, no de escuchar.

¿Cómo abordar la envidia cuando se ejerce sobre nosotros?

a) Reconocerla, es normal, en este caso se trata de identificar el sentimiento de inferioridad del otro.

b) Averiguar si la persona nos importa, si es así perdonarle, si no apartarle para evitar su ataque.

c) Si la persona nos importa, o tenemos que bregar con ella sí o sí, habrá que ser un gran estratega, haciéndole partícipe de nuestro éxito, y sobre todo trasladarle nuestros problemas y dificultades.

Ejercicio simbólico para abordar la envidia, a partir de la expresión con cristales y telas.

Lo que envidiamos del otro

Este nuevo ciclo nos ocuparemos de los pensamientos tóxicos, en palabras textuales de las chicas:

Pensamientos que me hacen daño, por ejemplo que me critiquen.

Pensamientos que me afectan para mal, que digan cosas falsas y malas, sin conocerme.

Pensamientos diferentes, no es lo que sueles pensar continuamente, solo a veces… Cuando me critican.

Si la semana pasada arrancábamos reflexionando acerca de las manías y su posible toxicidad… en esta ocasión nos hemos centrado en la envidia, uno de los siete pecados capitales contrarrestado desde ciertas perspectivas por la virtud de la caridad.

Querer tener lo que los otros tienen…
Rencor por no tener algo…
Querer algo que no es tuyo…
Cuando una persona quiere ser o tener algo que otra tiene…

Dada la intensidad de este sentimiento lo hemos abordado desde dos enfoques:

1-. Lo qué pasa con nosotros cuando somos nosotros quienes envidiamos (Lo que envidiamos del otro).

2-. Lo que sentimos al ser el sujeto envidiado.

Cuando somos nosotros quienes envidiamos

En medio de un cúmulo de sentimientos de alta toxicidad: celos, culpa, agobio… y en torno al deseo de ser preferente, surge la envidia como uno de nuestros sentimientos más destructivos. La envidia te empuja a odiar al otro y a ti mismo. Nunca se calma, se alimenta en silencio. Y nace de un profundo  sentimiento de inferioridad. Cuando siento que soy menos, cuando me pongo en relación con el otro, cuando creo que no soy cómo debo ser, cuando deseo lo que tiene el otro, porque él lo tiene no porque yo realmente lo quiera o lo necesite.

Y entonces surge la pregunta: ¿Yo quiero de verdad tener lo que el otro tiene, o lo que quiero es que el otro no lo tenga?
Empieza con la comparación de personas al mismo nivel, sujetos que tienes cerca que tienen algo que tú crees que deberías tener, y nos arrastra hacia el sentimiento de lo que podríamos ser frente a lo que somos, nos empequeñece y no nos deja valorar y potenciar lo que realmente somos.

¿Cómo gestionarla?

1-. Reconocerla, es normal. Se trata de identificar mi sentimiento de inferioridad ante el otro y abordarlo, es decir, empezar a desmontarlo.

2-. Ver lo injusto de la envidia, lo demoledor. Se trata de reconocer nuestras habilidades y carencias y también las del otro, y mantener a raya las comparaciones. Apreciendo las ventajas que tiene sobre mí el al otro le vaya bien.

Naturalizar que siempre se va a poder envidiar algo, y admirar sobre el hecho de envidiar.

Juego simbólico y significado a partir de cuentas de colores de diferentes materiales, y diseño de brazaletes.

Manías

Este nuevo ciclo arrancamos con compromisos de cambio en la vida cotidiana. Que las chicas se comprometan a trasladar lo que hacemos en el taller fuera del mismo, me parece positivo y necesario. El estrecho vínculo creado permite una comunicación abierta y natural.

Por eso, cuando nos adentramos en el universo de las “MANÍAS” la expresión de las chicas es sencilla y fluida:

“Acción o pensamiento que puedes hacer en cualquier momento, cuando menos te lo esperas y de modo repetido… como comerme las uñas o morderme el labio”

“Algo que haces continuamente que a veces te gusta y a veces no, como tocarme las puntas del pelo o “crujirme” los dedos”

“Hacer algo de forma repetida que no hacen los demás… Algunas manías de los otros me molestan cómo: mascar chicle, la respiración ruidosa de algunas personas… hacer el tonto en momentos serios”

Existen varios niveles de manías, (seguro que casi todos nos reconocemos en alguna pequeña), la más habitual, hipomanía o manía leve, la RAE la define como: “extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada”. Después están los niveles superiores en los que la cosa empieza a ser preocupante, especialmente cuando las manías comienzan a afectar de manera preocupante nuestra cotidianiedad, la de los demás y por lo tanto nuestro crecimiento personal.

Cada uno tiene sus manías, quizás las haya profundas que no se puedan cambiar, esas que van con el adn de cada uno, pero sí se puede aprender a manejarlas; detectándolas, aceptándolas y haciendo que la mente sea más fuerte y tenga más poder que la emoción que surge cuando la manía aparece.

Hemos repasado las manías de algunos personajes de la historia: Felipe V, y su manía de sentirse atacado. Gaspar Balaus, que pensaba que estaba hecho de mantequilla. La Zarina Isabel quien estaba obsesionada por ser vista vestida del mismo modo. Y H.Cavendish, que evitaba hasta el extremo el contacto humano.

Y las chicas, sumergidas en una actividad plástica de origami han compartido sus propias definiciones, comprometiéndose después a gestionar y superar, al menos una.

Navidad y espiritualidad

Hoy las chicas estaban muy excitadas: vacaciones, navidad, regalos… Les pregunto: ¿qué harán estos días? ¿cómo los vivirán? (trato de evitar el ¿qué esperan?, porque la mayor parte de las veces remite a tangibles demasiado mundanos).

En mi caso, casi cualquier ritual me conecta con cierto modo de espiritualidad -supongo que esa predisposición, en cierto modo, lo facilita-; pero me doy cuenta que la forma de vivirlo de cada uno es totalmente diferente, aunque haya modos más homogéneas, y situaciones que te arrastran de tal manera que es imposible evitarlas.

Si nos remontamos al origen de estas celebraciones, nos encontramos el festejo del solsticio de invierno. Un tiempo que en otras épocas se recorría como un periodo de descenso, de recogimiento para asimilar lo vivido a lo largo del año, y enfocar nuevos ciclos; un tiempo que en ocasiones también reunía a la tribu para su celebración. Incluso si la naturaleza y los animales siguen “hibernando” y descansando del ruido del resto del año, nosotros lo hemos convertido cada vez más en algo totalmente distinto, y en la mayor parte de los casos ausente de misticismo.

¿Por qué?

¿Tiene que ver con la crisis de las religiones?

¿Porque asociamos espiritualidad a religión?

¿Es siempre así? 

Había pueblos que creían que el gran dios nació el día más corto del año, 21 de diciembre,  y que los días se alargaban a medida que el dios se hacía mayor. También se creía que el astro rey murió ese día, para volver a otro ciclo. Una gran cantidad de culturas en sus rituales astrológicos se refieren al sol: Apolo y Helios (Roma y Grecia), Mitra (Persia), Huitzilopochtli (Tenochtitlán).

La Navidad (del latín: “nacimiento”) es una de las fiestas más importantes del cristianismo, y aunque no todos los nacidos en países cristianos son practicantes, además de los ateos y agnósticos, es muy difícil eludir el ambiente que se genera estos días y que forma parte más de lo social y cultural que de lo propiamente religioso.

Con eso y con todo, hoy en el taller hemos hecho un ejercicio de toma de consciencia de ese repliegue sobre un@ mism@, entiendo que necesario y propiciador de una conexión del alma con los que nos rodean y con el universo.

Líquida felicidad

Buscando en la RAE el significado de felicidad me encuentro con lo siguiente: Estado de grata satisfacción espiritual y física. Hasta hace poco se hablaba de mente y cuerpo, me gusta esta redefinición. Y es que, el concepto de felicidad, cada vez más presente en nuestro día a día, ha llegado a convertirse en un objetivo vital demasiado abstracto y difuso.

Cuando Zygmunt Bauman, incorpora el calificativo de líquida a: modernidad, sociedad o amor, se refiere a cómo en el momento actual las realidades sólidas de nuestros antepasados se han desvanecido. A partir de ahí, ¿y si el concepto de felicidad se desvaneciera para volver a conformarse una y otra vez?

Cuando preguntas a un adolescente ¿qué quieres ser de mayor?; una de las respuestas que más rápidamente emergen es: ser feliz, y cuando insistes ¿qué es la felicidad para ti?, es habitual que se refieran al hecho de TENER, de POSEER, o HACER muchas cosas, además de la curiosa cosificación de las personas (tener un/a novio/a). Y sin embargo, la felicidad nunca ha sido una meta, sino un estado, un modo de ESTAR, de tomarse las cosas, de abordar la vida y las situaciones; puede que en ocasiones condicionada, pero nunca determinada por el TENER.

En mi idea de felicidad hay varios ingredientes: ilusión, juego, afectos… todos ellos entrelazados en la experiencia vital. En paralelo, siento la necesidad de ser parte fundamental, de trazar mi camino, y luego dejar que lo demás fluya: mover el cuerpo, activar la mente, aprender cosas nuevas, pensar en positivo (ver el vaso medio lleno), meditar, centrarme en algo que me ilusione, soñar en grande y actuar en pequeño, perdonar, trabajar la voluntad y posponer la recompensa.

Hoy en el taller nos hemos sumergido en una historia  con múltiples posibilidades, y el agua como protagonista. Hemos conformado un escenario de telas, conchas y piezas marinas para en silencio mirar en nuestro interior. Luego, un juego abierto y participativo ha propiciado el abrazo en grupo, para finalmente representar ese estado de bienestar conformando pequeñas piezas con pasta de modelar.

Activar la escucha

Una parte de la realidad con la que me encuentro en el taller de arteterapia y educación emocional para adolescentes de Casa San Cristobal, tiene que ver con un@s chic@s que olvidaron como dibujar, como construir, como imaginar, como inventar, como manejar el aburrimiento… En ocasiones ni siquiera son conscientes del olvido, sencillamente aluden a que “nunca lo hicieron, a que nunca lo aprendieron”.

Me revuelvo cada vez que me doy cuenta de como ciertos aprendizajes se van diluyendo a medida que l@s chavales crecen; de como se les quita la posibilidad de seguir soñando, de expresar de otra manera. Y lo difícil que es estimularles y encontrar herramientas que les motiven y les activen.

¿Por qué solo l@s más pequeñ@s siguen contando con estímulos creativos? Básicamente a partir de primaria l@s chic@s empiezan a ver reducida su paleta de estímulos de modo progresivo, hasta llegar a los once años, momento en que una gran parte son absolutos dependientes de una pantalla, y el juego analógico ha pasado a mejor vida.

En paralelo van creciendo y demandando más autonomía, más tiempo, más cosas… las hormonas se revolucionan y l@s chic@s se rebelan y no saben comunicarse. Al mismo tiempo los padres/madres se encuentran ante una realidad compleja: atender la familia, la casa, y mantener el trabajo -cuando lo hay-; cansados (la mayor parte mujeres, madres), llegan a casa agotad@s y con poca disposición para la escucha, esa que sus hij@s necesitan y cuesta activar. Tod@s tienen razones que explican su realidad, pero es necesario que l@s progenitores se impliquen de modo proactivo, con algo más de tiempo y disponibilidad; anticipándose unas veces y otras abordando el enfado o la actitud taciturna de sus hij@s. L@s educadores y/o terapeutas podemos dar pautas (estar fuera de foco permite ser más objetiv@ con las circunstancias), pero el ejercicio de aproximación cuando l@s chavales se enfurruñan, o se encierran en sí, tiene que formar parte de lo cotidiano, en casa, haciendo una pausa, hablando con tu hij@, y activando la escucha.

Con la inspiración en M. Rosenberg.  y las formas de comunicación no violenta, hemos partido de un ejercicio introspectivo con ojos cerrados, y expresado nuestro marco relacional mediante un juego de piezas de madera.

Aprendiendo a quererme, autoestima y mucho más

La autoestima habita de tal modo nuestras vidas, y está tan en boca de la mayoría que es difícil no tenerla presente. Valor personal, necesidades, estabilidad emocional, salud mental, derechos… son lados amables que se dibujan desde el ideario común, y que cuentan con el aplauso del conjunto; Pero ¿qué ocurre cuando la diferencia acampa y nos salimos de las pautas establecidas…? ¿cuando queremos ser nosotr@s mism@s pero estamos tan influenciad@s por la “contaminación de lo ajeno” – tan presente en las redes-, que nos perdemos entre los patrones dominantes… ¿Cuando perdemos el norte de lo que realmente queremos porque buscamos desesperadamente la aceptación?

Es por eso que en el taller transitamos por un continuo aprender a conocernos mejor en paralelo a un aprender a querernos más, un ejercicio de complicado equilibrio porque vivimos invadidos por la imagen y la diferencia, esa que nos aportan quienes nos rodean y que supone un resituar miradas, aceptar realidades y desactivar culpas.

La adolescencia es una etapa en la que l@s chic@s sufren altas y bajas en su nivel de autoestima, y el ejercicio de reconocerse y aceptarse se convierte en algo cotidiano que precisa del apoyo del entorno: de los amigos y de los adultos de referencia. Por eso, las críticas de padres y compañeros pueden hacer mucho daño, las comparaciones son raramente constructivas, y el conflicto continuado que no reconoce méritos genera: enfrentamiento, tristeza y abandono.

Hoy desde nuestra propia representación, hemos recordado nuestros logros, identificado nuestros puntos fuertes, potenciado nuestras cualidades, impulsado el aprendizaje desde nuestros errores, recordado el estar atentos para no comparar, y la meta compartida de construir la propia felicidad evitando la culpa por la infelicidad ajena.

Autorreconocimiento y abrazo

Construcción personal

Enlazando con el trabajo realizado en base al autoconcepto, seguimos indagando en el autorreconocimiento tomando nota de la percepción ajena y la propia. Pasamos de las zonas de luz a las zonas de sombra. Lo que más nos gusta de nosotras mismas y lo que menos, lo que aceptamos y lo que decidimos empezar a cambiar. En esta ocasión el Mito de Narciso es un excelente hilo conductor que nos acompaña con todas sus connotaciones.

El mito de Narciso y Eco

De esta historia extraemos la figura protectora de la madre que trata de confundir al destino manteniendo al hijo al margen del entorno (error). El joven (Narciso) que se ama a sí mismo viendo exclusivamente sus partes de luz y que tan solo recoge las percepciones positivas de los demás respecto a su persona, (de ahí el concepto de Narcisismo). La ceguera del entorno que perdona la arrogancia del muchacho ante su belleza (atención a los halagos excesivos). El protagonista (Narciso) se quiere pero no se conoce realmente (alta autoestima y bajo autoconcepto), se estanca en sí mismo volviéndose cruel (arrincona a la vulnerable Eco), y se vuelve dependiente de los halagos de los demás.

El collage y el dibujo son la base para elaborar nuestro Cuaderno de luz y sombra, donde van tomando forma mis zonas oscuras y mis pequeños objetivos.

Al final, rescatamos la interpretación de que el amor solo florece en ámbitos en los que prevalece la entrega consciente de todas las partes. Y es que si no nos valoramos como auténticas personas no podremos confiar en el amor de los demás y tampoco ofrecerles el nuestro. Es preciso que sentirnos especiales y queridos en relación a quiénes realmente somos, no en base a fantasías idealizadas.

Saber quien soy (II). Tu mirada y la mía.

Percibo la identificación de la propia identidad como un largo camino vital que se inicia desde el momento en que tomamos consciencia y va desarrollándose a lo largo de nuestra existencia. Somos esencia y todo lo que la circunda, y ese todo lo demás es lo que poco a poco decidimos modificar y reconstruir, (o no). Desvelar la esencia personal es un recorrido variable que requiere de valor y de honestidad, por eso es tan difícil de transitar. En mi caso, cuanto más escucho, cuanto más abierta estoy a la diferencia, y cuanto menos juicio ejerzo, más fácil y gratificante resulta el camino. Bienvenid@s quienes colaboráis en ese rompecabezas.

El ejercicio iniciado la anterior semana relativo a saber quien soy, enlaza hoy con una serie de dinámicas acerca de Como me construyo con tu mirada y como incorporo la mía. El modelado en plastilina como práctica de introspección, la emoción puesta en palabras, desembocan en movimiento corporal y risa liberadora.

Cada una ha elegido una flor, y en cada pétalo han brotado expresiones de las compañeras acerca de su percepción sobre las demás. Palabras hermosas, miradas mucho más generosas que la propia.

Y nuevos interrogantes:

¿Cuánto de lo que l@s demás proyectan sobre mí lo hago propio, con cuanto me identifico?

¿Cuánto es realmente verdad? ¿soy objetiva?

¿Cuánto sirve para empoderarme y hacerme crecer?

¿Cuánto me descorazona y me hunde?

¿Cómo gestionamos nuestro sentir ante la percepción que el otro tiene de mí?

¿Quiero cambiar? ¿qué quiero cambiar? ¿qué hago para cambiar?

Todavía, mucho trabajo por delante.