Deshielo

Supongo que la tensión de los últimos días fue la que me provocó la infección con la que me estrené la segunda semana de Enero. Creo que en toda mi trayectoria de arteterapia solo dos veces tuve que buscar alguien que me sustituyera. Las dos coincidieron con mi paso por el hospital.

En general lamento mucho cuando tengo que posponer algo con lo que me he comprometido, aunque las razones me rebasen. Creo que tengo un sentido excesivo de la responsabilidad; no sé muy bien cuánto tiene esto que ver con el carácter y cuanto con la educación y circunstancias de cada persona.

Expectativas y realidad

Aplazar una sesión es complicado porque es difícil hacer coincidir disponibilidades. El hecho de que los/as chicos/as no siempre se disculpen por no poder asistir, lo hace todavía más complejo, aumentando la incertidumbre. Ésta última ocasión solo dos participantes disculparon su ausencia, pasados diez minutos me encontré sola ante una adolescente cuyas expectativas tenían que ver con estar en grupo.

Las mías en cierto modo también, es decir esperaba a un grupo… que sabía que también podía no aparecer. La falta de certeza de quien va a participar y cuando se va a incorporar, junto a los eventuales problemas técnicos derivados de los dispositivos o de la conexión a internet hace que la perspectiva de tenerte que adaptar a las contingencias que surjan sea algo habitual, algo que está muy alineado con los tiempos que corren. Así que de nuevo, mejor tomarlo como oportunidad.

Reajustar la sesión

El que esto ocurra hace que sea costoso arrancar. Diseñar una actividad para un grupo y que solo aparezca un participante supone que tengas que reajustar la sesión. De manera que te focalizas en lo que hay, y decides poner todo tu cuidado, atención y entrega al servicio de lo que tienes delante. Readaptas, y lo que iba a ser para un grupo lo transformas en lo que va a ser para una sola persona. Atemperas, escuchas, estás a  atenta a su sentir, a su historia reciente, primero desde la palabra envuelta en oscuridad (tu tienes abierto el vídeo, el otro no), y paulatinamente propones otras formas de expresión hasta que sonido y gesto se entrelazan y abren el camino a una nueva fase.

El deshielo del otro

Poco a poco comienza el deshielo del otro, y sus pequeños y grandes eventos van tomando forma. Lentamente se relaja hasta que baja muros y abre puertas. Logras establecer un nivel de aproximación e intimidad que en grupo no habría sido posible, y ese adolescente que está al otro lado, sigue avanzando. Hasta que al final, y contigo al lado, convierte en palabras aquello que le gustaría “trabajarse” este año: “dejar la timidez”,  fruto de lo cual da un primer paso que se traduce en algo tan simbólico como conectar el vídeo, empezando a exponerse y a hablar de ello.

Me gusta mucho el grupo y la sinergia que genera, más cuando la vida te coloca ante situaciones como la descrita, recuerdas y agradeces la importancia de los acompañamientos y los procesos individuales.

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