Jugar

Con el paso del tiempo los juegos y la acción de jugar han ido cambiando. Estoy convencida que una de las razones que explican la disolución del juego según vamos creciendo es porque cada vez se nos han ido cayendo más los compañeros (de juego, claro).

Estoy tan en desacuerdo con: “hay cosas que son de y para niños…”, y “con algunas cosas no se juega…” Que supongo por eso propicio el reencuentro con el juego siempre que es posible, y cada vez que tengo ocasión de encontrarme con un niño o una niña, mi lado juguetón se activa, le doy curso y me lo paso genial.

Entrenando capacidades y destrezas

La primera acepción de la RAE de jugar es:“Realizar una actividad o hacer una cosa, generalmente ejercitando alguna capacidad o destreza, con el fin de divertirse o entretenerse”. Y yo me digo: si jugando entrenamos capacidades y/o destrezas y además nos divertimos y nos entretenemos, ¿¡por qué no jugamos más!?

Frente al culto al juego que se da en la infancia, me sigue pareciendo discriminatorio y lamentable cómo va diluyéndose a medida que avanzamos en los escalones de la adolescencia y la edad adulta. A veces creo que hay una asociación perversa entre: juego → diversión → risa, que ha hecho que construyamos una sociedad de adultos serios y adustos a los que nos cuesta reírnos. Quizás eso cambiaría si recordásemos que jugar es una ocasión excelente para estimular los químicos de la felicidad de nuestro cerebro, especialmente las endorfinas.

La transcendencia del juego

Creo que no somos conscientes de la transcendencia del juego, del juego educativo e inteligente, naturalmente; y es que cuando jugamos desarrollamos el lenguaje y la expresión, activamos la escucha inteligente, impulsamos lo relacional, avanzamos en la solución de problemas, establecemos normas de conducta, resolvemos conflictos, transmitimos valores, impulsamos la creatividad… Así que sí, elijamos y creemos buenos juegos para jugar más y mejor.

Por eso, y porque los chicos explícita e implícitamente pedían “jugar”, hemos transformado el antiguo juego indostaní y una baraja de cartas. En este “parchís interior” hemos introducido: azar, imagen, palabra y movimiento, otra manera de abordar autoconocimiento y conocimiento del otro.

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