Más allá de la mirada

Nuestro nuevo encuentro ha sido desde un entorno natural, abierto y novedoso. Con la habitual complejidad de traspasar la pantalla, de sentir al otro y no obstante dando el paso.

Hay demasiadas cosas entremedias, demasiada distancia. Y cuando conecto el vídeo, vuelvo a percibir la resistencia de sentirse expuesto/a. Con todo, hoy, con la naturaleza como aliada, buscando la manera de propiciar la cercanía, hemos dado una nueva “vuelta de tuerca” a nuestro modo de percibir.

El valor de la mirada

Primero la mirada en derredor, la mirada externa. Hemos dado un paseo por el campo, poniendo atención en lo que nos rodea, varias pantallas han servido para acercar el verde, el aire, y el sol. A continuación, la mirada interna. Adentrarnos en nosotros solo mirando, un recorrido interno y profundo.

A veces proyectamos en el otro algo nuestro. Cuando hacemos eso, el contacto se frustra, es como un mensaje que no llega… como una carta que enviáramos y nos es devuelta sin abrir. Es curioso cómo en ocasiones emerge tan fácil el juicio sobre el otro. Cómo parece que tiene la atención en un lugar diferente y por eso le cuesta conectar… Y sin embargo, cuando se mira, se puede sentir el calor, la conexión, la confianza incluso.

Nuestras herramientas

En ciertos momentos disponemos de las mejores herramientas, otras tan solo de unas pocas; cuando es así hemos de afinar más con las que tenemos. La escasez nos hace concentrar y concretar. En medio de todo, el silencio puede provocar ansiedad. Al otro lado hay silencios que en ocasiones cuesta sostener, y sin embargo forman parte y anteceden a la palabra… es preciso traspasar el silencio, esperando, escuchando y sintiendo.

Por otro lado, la experiencia no tendría que ser dependiente del “debería”  (debería ocurrir esto o lo otro… ), porque eso nos desplaza de lo que está pasando. Lo que está pasando pone límites a ciertas capacidades y exacerba otras. A veces cuando podemos ver, tocar, hablar…  somos incapaces de apreciar plenamente todos nuestros sentidos.

Por ejemplo, los ejercicios de privación sensorial como el sumergirse en una bañera flotando en la oscuridad en silencio hacen que pasen cosas… Como lo que ha ocurrido en todo el tiempo de aislamiento y restricciones. ¡Qué difícil haber prescindido de tanto contacto con el otro! ¡Qué interesante expresar sin recurrir a lo de siempre! ¡Qué logro conectarse también con la mirada!

Dar el máximo

El aquí y ahora tiene mucho que ver con el adaptarse a lo que la vida nos coloca por delante, no a lo que nos gustaría que fuera. Hacer lo que se pueda, evitando la neurosis “de lo que quisiéramos”, y ponernos cómo objetivo nuestro máximo acorde a nuestras posibilidades.

De manera que hoy, desde un escenario de aire, azul y verde, con la mirada y por supuesto más allá de la misma, hemos puesto punto y a parte a nuestro recorrido del alma.