El valor de las cosas

Ni niños ni adultos

En una de las conversaciones que recientemente mantuve con una de las mujeres vinculadas al proyecto de adolescentes de Casa San Cristobal, la mamá insistía en su absoluta desorientación a propósito de “lo que su hija tendría en la cabeza”. Básicamente decía: “no sé que pájaros tendrá o que le rondará por dentro… tan pronto es una niña pegada a un peluche, como quiere ser una mujer para entrar y salir a su antojo…  pero no consigo hacer nada en condiciones con ella…”.

Acercarse a un adolescente

Seguro que si tienes hijos adolescentes en más de una ocasión te has desesperado tratando de averiguar qué es lo que les pasa, “¿dónde están?”, ¿cómo puedes acercarte, entenderles y también “echarles” (y echarte) una mano…? Y probablemente muchas de las veces te hayas dado de bruces con muros infranqueables, horizontes confusos, y continuas contradicciones.

Y es que para ti adulto, es probable que el cocktail de cambios y transformaciones a que están sometidos los/as chicos/as todos esos momentos en que se abren a una nueva etapa, sea algo para lo que no haya manuales (no, los/as chavales/as no vienen con instrucciones). Así que relax, no hay soluciones inmediatas, ni recetas infalibles, y sí mucho trabajo de fondo; como el que poco a poco puedes ir haciendo en casa día a día; y el derivado de los encuentros entre iguales en los que los que -como hoy por ejemplo-, traspasamos la dificultad encontrando elementos vinculantes que nos hacen evolucionar.

El valor de las cosas

Y así, tomando de cabecera los postulados de D. Winnicott, hemos partido de objetos que forman parte de lo  cotidiano, para poco a poco acercarnos a los que se convirtieron en transicionales (objetos transicionales), esos elementos intermediarios con un valor extra, el que nosotras les otorgamos; Objetos que mantienen presencias cuando han desaparecido. Que son referentes de otros, que nos aproximan y vinculan, y que en ocasiones se transforman en objetos de anclaje, tantas veces convertidos en fetiches y extrañamente (para la mirada de quien es ajeno) conservados a lo largo del tiempo, como el peluche de la joven de 15 años. Desde ahí hemos tejido red y generado sinergias.