Antifrágil

Respirando calor, con la herencia de un año complicado, distópico e inhabitual y la necesidad de superar las últimas vivencias. Recapitulo y percibo que a la mayoría, 2021 nos pilló con el paso cambiado, en muchos casos frágiles, hastiados y agotados, en otros además, luchando por la supervivencia, esa que nace de la necesidad, y de lo profundo; que va más allá de sobreponerse a lo primario, enfocándose en hallar la manera de sentirse mejor, de estar mejor, a pesar de todo lo externo, a pesar de lo que escapa a nuestro control.

Una historia compartida

Y es desde ese lugar que recibo la reflexión de alguien a quien acompaño desde hace tiempo, y hoy me invita a compartir; un testimonio fruto de un proceso intenso, largo, de mucho aprendizaje.

Sinceramente, no tengo muy claro cuánto me gustaba la vida que tenía antes, o pertenece al impreciso recuerdo que retiene lo que me agradaba, y descarta lo que me dolía.

Una elección personal que en su momento me pareció una oportunidad, me hizo ir renunciando a parte de mi universo. Empecé acotando relaciones y actividades, hasta quedarme con lo absolutamente mínimo. Tanto, que hubo un momento en que empecé a añorar lo que antes había. Lo idealicé. Cuando me detuve, me di cuenta que era tarde para regresar. Me sentí en tierra de nadie, sin acceso al pasado, y con un presente muy complicado.

Con bloqueos continuos y miedo a perder lo que creía que había logrado, con inseguridad y dificultad para avanzar. Aterricé en una incómoda sensación de “estar varada”. Sensación mantenida durante mucho tiempo. Una especie de “china en el zapato” que me hizo vivir demasiado tiempo fuera de mi zona de confort, y cuestionarme. Con la aparente única posibilidad de seguir manteniendo un frágil equilibrio. Y el recuerdo de tantas caídas… aunque también me he levantado. Sin darme cuenta construí mi personal confinamiento. Con poco visible y mucho invisible. Creyéndome absolutamente vulnerable. Dando pasos de cangrejo.

En mis manos cayó el libro de N. Taleb “Antifrágil” y me resonó. Eso y la terapia hicieron que me diera cuenta de que quizás todo este tiempo había estado preparándome para dejar de ser frágil, o al menos “tan frágil”. Recuerdo la frase: “Lo antifrágil va más allá de lo robusto, puesto que se beneficia de los shocks, las incertidumbres y el estrés”. Y fue como si el mecanismo empezara a funcionar, muy despacio, cada vez mejor y más ligero.

Comencé poniéndome muy seria conmigo misma, con lo que necesitaba y lo que quería. Lo que era capaz o incapaz de hacer. Con lo que podía y no podía comprometerme. Y también lo que no quería, ni hacer, ni vivir, ni prometer. A poner ciertos límites, a cambiar algunas cosas. A abrirme de otra manera al mundo, desde una especie de “minimalismo-maximalista”. Haciendo menos, y haciendo mejor.

En la práctica esto lo plasmé reconectando con la naturaleza y el entorno, intensificando los paseos. Empezando de verdad a ser respetuosa conmigo, alejándome de la condescendencia de la tolerancia. Aceptando lo que no podía ni puede ser de otra manera.

Y sí, hay cosas que se pueden cambiar, y aunque toda ayuda es valiosa, en último término depende de ti, de tu energía, tu voluntad y tu motivación.

Roble, superviviente, belleza, cavidad

Línea de un sueño VIII. Enfado y superación

Continuamos nuestra línea de un sueño, haciendo seguimiento de los pequeños objetivos planteados la vez anterior, que las niñas deciden mantener y enlazar con otros nuevos. El “no enfadarme con: mi madre, mis amigas, mis padres…” es muy reincidente, de ahí las preguntas:

¿Te enfadas a menudo?

¿Qué ocurre cuando te enfadas?

¿Controlas tu enfado?

El enfado surge cuando la realidad que tenemos delante no nos gusta o nos hace daño. Y solemos reaccionar con rabia y agresividad, unas veces lo exteriorizamos, otras no. En todo caso, siempre que nos enfadamos, algo se altera en nuestro interior y solemos reaccionar atacando con una actitud defensiva. Lo que entonces ocurre es muy”sentido”, porque a quien primero y más afecta es a nosotr@s mism@s, física y mentalmente. Nos enfadamos ante lo que no aceptamos, ante lo que no cumple nuestras expectativas; cuanto más nos enfadamos, más mostramos nuestra dificultad de aceptar lo que ocurre… o de lo que NO ocurre.

Es más fácil enfadarse con las personas que tenemos cerca, con las que interactuamos y compartimos, que con las que nos encontramos de tarde en tarde, y esa posibilidad es algo que forma parte de lo cotidiano, es normal que a veces nos enfademos. El problema es cuando ese enfado es demasiado reincidente, cuando esa persona o situación, y nuestra interacción con ella nos altera más de lo normal… y nos faltan herramientas para superarlo.


El enfado, a veces, camina conectado con la culpa, con lo que me echo en cara, la mayor parte de las ocasiones ligado a la educación recibida… Quizás la culpa esté más presente en las generaciones de nuestros progenitores y en las nuestras, y tal vez para estas niñas quede más lejana, o al menos no se evidencia en edades tan tempranas. De cualquier modo, lo que ha surgido en la sesión ha proporcionado materia suficiente para enfocarnos en la superación de lo que nos provoca enfado y decepción. Algo bastante probable en la consecución de los sueños.
Nos hemos servido del movimiento corporal, y del juego que nos proporcionaban los botones: grandes, pequeños, de pasta, madera, metal, de mil colores… para trascender lo que nos ocurre.

Arteterapia. Casa San Cristobal