Verde que te quiero verde

Siento que la vida está plagada de simbología, unas veces visible, otras fugaz y cambiante, en ocasiones indescifrable. Me gusta descubrir nuevos símbolos, dejarlos hablar y sentir que desvelo sus acertijos.

Desde antiguo, el símbolo sirvió para reconocerse. La palabra viene del griego symbolon, que originariamente significaba «contraseña» y unía a las gentes entre sí.

Uno de los símbolos, latente, que aparece y desaparece como una especie de Guadiana-emocional, es el del corazón, de todos los colores posibles.

¿Alguna vez te preguntaste de que color era tu corazón? si ¿ES, o sencillamente ESTÁ de un determinado color? ¿Sabrías cómo cambiarlo?

Según Haruki Murakami: Cada persona tiene su propio color, una tonalidad cuya luz se filtra apenas a lo largo de los contornos del cuerpo. Una especie de halo. Como en las figuras vistas a contraluz.

Estos últimos días nos hemos sumergido en el juego verde propuesto por la naturaleza, y hemos conectado con las sensaciones que ese maravilloso color nos traslada:

Y hemos recuperado el Romance sonámbulo de Lorca:

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.

Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.


 

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